¿Cómo vivimos los círculos de mujeres?

Este blog está inspirado en una conversación entre las colectivas Mujeres Salvajes y Mujeres Territorio de Paz

Cuando llega el día, comenzamos preparando el espacio. Lo limpiamos, lo ordenamos y lo armonizamos con amor. Barrer, poner flores, acomodar unos cojines o encender un sahumerio puede parecer algo sencillo, pero para nosotras es una forma de decir: “este lugar fue preparado para recibirte”.
Poco a poco levantamos el altar, el corazón simbólico del encuentro. Allí honramos los elementos que sostienen la vida. El fuego, representado por una vela o una llama viva; el agua, que nos recuerda la fuente de la que depende nuestra existencia; la tierra, presente en semillas, flores, piedras o tejidos; y el aire, que aparece en el humo de las plantas, las plumas, la respiración y los instrumentos de viento.

También tienen lugar los instrumentos musicales, los alimentos que compartiremos más adelante, los libros, los tejidos y todos aquellos objetos que las mujeres desean llevar para cargar con la energía colectiva del encuentro. Mientras el altar toma forma, las mujeres van llegando. Algunas ya se conocen y otras llegan por primera vez, pero algo hermoso suele suceder casi de inmediato: comenzamos a reconocernos como hermanas. Los abrazos llegan antes que muchas palabras y poco a poco se crea un ambiente donde ya no es necesario demostrar nada. Generalmente nos sentamos cerca de la tierra, muchas veces directamente en el suelo. Nos quitamos los zapatos, nos acomodamos y respiramos. Porque una cosa es estar físicamente en un lugar y otra muy distinta llegar de verdad.

Y para nosotras llegar significa pausar. Significa dejar afuera por un momento el ruido, las preocupaciones, los pendientes y el ritmo acelerado de la vida cotidiana.

Últimamente en los círculos hablamos mucho de una palabra que nos conecta profundamente con el sentido de lo que hacemos: acuerpar. Acuerpar es sostener, acompañar y respaldarnos en colectivo desde la presencia. Es recordar que ninguna tiene que atravesar sola aquello que está viviendo. Cuando una mujer comparte una alegría, la celebramos. Cuando comparte un dolor, lo abrazamos. Cuando una mujer canta, cantamos con ella. Cuando necesita silencio, respetamos ese silencio.

Acuerpar es una de las formas más profundas de la sororidad.

Después compartimos la intención del encuentro y abrimos la ronda de palabra. Aunque muchas veces ya nos conocemos, volvemos a presentarnos porque entendemos que estamos cambiando constantemente. Cada encuentro nos encuentra siendo una mujer diferente de la que fuimos la semana o el mes anterior. A partir de ahí el círculo empieza a tomar vida propia.z

Hay encuentros donde el cuerpo pide movimiento y entonces danzamos. Hay otros donde aparecen lágrimas que llevaban tiempo esperando un lugar seguro para salir. Hay espacios donde compartimos conocimientos, donde exploramos la creatividad o donde simplemente escuchamos la experiencia de otras mujeres.

En Mujeres Territorio de Paz como en Mujeres Salvajes el cuerpo ocupa un lugar muy importante. Por eso trabajamos frecuentemente con la respiración, el movimiento consciente, el canto y la danza. Nos gusta recordar que el cuerpo guarda memorias y que muchas veces la paz necesita primero habitar el sistema nervioso antes de convertirse en una idea.

Cantamos para celebrar, para sanar, para agradecer, para llorar y para recordar quiénes somos.

Y cuando el encuentro comienza a acercarse a su final, buscamos integrar todo aquello que vivimos. A veces lo hacemos a través de la escritura, de una meditación, de una reflexión compartida o de una última ronda de palabra. Después compartimos alimentos, agradecemos el espacio y recogemos juntos el altar. Algo del círculo siempre se queda con nosotras.

Lo vemos una y otra vez. Muchas mujeres llegan cansadas, preocupadas o atravesando momentos difíciles, y regresan a casa un poco más ligeras, más tranquilas y más acompañadas. No porque alguien les haya solucionado sus problemas, sino porque recordaron que no están solas. Con el tiempo también hemos descubierto que los círculos fortalecen amistades, crean redes de apoyo, ayudan a resolver conflictos y siembran formas más amorosas de relacionarnos. Nos enseñan a escucharnos, a reconocer nuestras diferencias y a construir comunidad desde el cuidado.

Y quizás ahí está el corazón de todo. Porque al final comprendimos que lo más importante no son las velas, ni los cantos, ni los instrumentos, ni siquiera las actividades que realizamos juntas. Lo más importante es el encuentro. La posibilidad de mirarnos sin competir. La posibilidad de escucharnos sin corregirnos. La posibilidad de recordar que seguimos formando parte de una misma red de vida.

Por eso seguimos reuniéndonos. Porque creemos que la paz también puede comenzar así: con una conversación, una canción compartida, una respiración profunda o un grupo de mujeres sentadas en círculo recordando que no están solas. porque para que exista un círculo de mujeres no hacen falta grandes recursos. Bastan dos mujeres dispuestas a encontrarse con honestidad, una intención clara y el deseo profundo de acompañarse desde la sororidad. Y desde ahí, todo puede comenzar. 

Por: Rosa del Alba

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